Esta semana he conocido el sabor de un veto profesional. Al principio es picante e intenso, una mezcla de rabia e incredulidad, pero poco a poco se va suavizando hasta convertirse en decepción y un “regustillo” amargo a injusticia.
Todo comenzó con una llamada, de la persona que iba a ser mi gerente. Un gran profesional y un mejor amigo si cabe. Cuando se enteró que íbamos a cerrar la empresa y mi situación de parado sin prestación, se puso en contacto conmigo para ver si me interesaría volver a la empresa de la que me fui hace algo más de dos años. Las condiciones no eran las mejores: menor categoría profesional, menor sueldo y un contrato temporal por una sustitución por maternidad. El área al que volvería sería la misma que de la que me fui, lo que implicaría para la empresa un prácticamente nulo coste en formación y poder estar operativo prácticamente desde el minuto 0. En un primer momento aquella proposición me pareció bastante humillante. El orgullo no me dejaba ver más allá de lo que se dibujaba como una vuelta atrás, pero toda decisión importante se debe tomar en frío, así que tras muchas cavilaciones y no pocas listas de ventajas e inconvenientes, quedé a comer con mi amigo, antiguo compañero de trabajo y futuro jefe. La comida fue entre dos amigos. Entre plato y plato comentamos las condiciones, alguna que otra anécdota y la ilusión que nos hacía a los dos volver a trabajar juntos. Tras la comida los dos fuimos a la oficina, él a trabajar y yo a ver a mis antiguos compañeros y a muchos amigos que todavía conservo de aquellos tiempos. Hasta que no se hiciera oficial no podíamos decir nada, así que mordiéndome la lengua iba contestando a los típicos “qué tal te va” y “qué tal la empresa” como podía.
En principio todo parecía hecho. Como gerente un gran amigo. Como responsable no sólo una amiga, sino una compañera de cañas, copitas y jolgorios varios; mi subordinada antes y mi responsable ahora. Como compañero de trabajo, codo con codo, uno de mis mejores amigos desde la Universidad, al cual yo le abrí hace unos años las puertas de la empresa y que con el tiempo se ha ido haciendo imprescindible por su trabajo y dedicación. Como Director General, un compañero de los primeros tiempos, con el que el aprecio profesional y personal siempre ha sido mutuo. Y como compañeros de departamento muchos conocidos y dos muy amigos. He de reconocer que “lo personal” había influido mucho en mi decisión de realizar aquella sustitución, reforzado por la temporalidad que me permitía continuar buscando otras cosas bajo el paraguas de un sueldo a fin de mes. Ante todo las cosas claras, y ya en la comida lo habíamos hablado, aquello suponía un “Quid pro quo” entre ambos: Yo les aportaba mi profesionalidad, experiencia y conocimiento “al módico precio de”, y ellos me daban una situación cómoda durante unos meses para seguir buscando un trabajo.
La “cosa” tenía que ir rápido. Primero mi amigo se lo comentaría a la que sería mi responsable. El sí era seguro, pues así me lo había confirmado hacía un tiempo antes dicha hipotética situación. Después se lo comentaría a su director, que si por algo se había caracterizado siempre era por delegar todo (y cuando digo todo, es todo), por lo que se intuía un puro trámite. Y por último tener la aprobación del director general, de cuya aprobación no dudaba pues siempre he sido muy bien valorado profesionalmente en la empresa, por los socios y por los clientes.
Al día siguiente recibía la llamada de mi amigo. El tono de su voz en su saludo ya denotaba que algo no iba bien, y un “tengo una mala noticia” lo terminó de confirmar: Había sido vetado por su director. Mi amigo ni siquiera pudo defender mi causa, simplemente dijo ni nombre y la respuesta fue un tajante “no, y no se habla más del tema”.
Para encontrar la razón debemos trasladarnos en el tiempo. A una época en la que el buen ambiente en la empresa se había visto interrumpido por la llegada de un nuevo gerente de tecnología, el cual, con más ansias de poder, que educación y estilo, se fue haciendo fuerte en la empresa. De gerente pasó a director, pero aquello no le debía parecer suficiente, se fijó como objetivo “canibalizar” el área de la cual yo era responsable, que pertenecía a otra dirección. Viendo aquello, tuve una conversación con el que en aquella época era el Director General (un hombre al que tengo un gran aprecio, pero precisamente el poner a cada uno en su sitio no era su fuerte) y motivado por su arenga al más puro estilo Braveheart: “tenéis que luchar por vuestra independencia”, me puse manos a la obra.
Fueron unos años muy duros, de muchas guerras internas, con procedimientos extraños que nos prohibían hablar entre compañeros. Durante todo ese tiempo no sólo conseguí mantener con vida mi área, sino reforzarla. Los resultados eran excelente, cumplíamos todos los ANS y objetivos con resultados muy por encima de los indicadores establecidos. Nos hicimos indispensables como expertos funcionales en el desarrollo de los proyectos y en las pruebas de certificación funcional. El ambiente dentro del departamento era fantástico, y nuestras relaciones con el resto de las áreas cordiales cuanto menos y excelentes en muchos casos. Teníamos la total confianza de los socios y en las encuestas, tanto internas como externas, eramos el área mejor valorada de la compañía.
Las quejas de los diferentes departamentos y áreas por la “gestión” de ese Director de Tecnología llevó a la compañía a contratar los servicios de una consultora para poder identificar problemas y soluciones. No hubo sorpresas, al menos para nosotros. Todos (y cuando digo todos, es todos) los mandos intermedios de la empresa apuntaron en una misma dirección. No voy a entrar en más explicaciones, simplemente diré que en esa empresa el puesto de Director de Tecnología está puesto a dedo por unos de los socios, y ni siquiera el Director General puede echarlo sin su autorización, por lo que aquellos talleres sirvieron para forzar un cambio de ficha, y así fue como salió ese hombre de la empresa y entró en su lugar el actual Director de Tecnología.
Para muchos ese cambio fue motivo de celebración, pero la alegría duró poco, pues si bien este nuevo director era un hombre educado, tranquilo y sosegado, todo lo que tenía de conciliador lo tenía de pasivo, y por su pasividad se convirtió en marioneta del Gerente de Sistemas, secuaz del anterior director. Mientras el nuevo Director de Tecnología ensayaba su “swim” en el despacho, el Gerente de Sistemas se convertía en la práctica en “director en funciones” dando comienzo a unos años de oscuridad y sensación de “caja negra” que incrementaron más si cabe los problemas, pues si bien al anterior director le perdían las formas, el Gerente de Sistemas se movía sibilinamente entre las sombras, mintiendo, falseando y ocultando información. Los enfrentamientos entre áreas, incluso dentro de su propio departamento eran continuos, y personas muy válidas abandonaron “la nave” en aquella época movidos por la impotencia, pues quienes podían hacer algo para arreglar la situación parecían estar mirando hacia otro lado. Finalmente yo fui también uno de esos que se fueron. Mis razones para dejar la empresa fueron muchas, pero sí he de reconocer, que si bien mi implicación con la empresa hasta el momento de mi marcha fue total, el desgaste sufrido en esos años fue brutal.
Aproximadamente al año de mi marcha comenzaron rumores de reorganización a todos los niveles, y el “gerente oscuro”, sabiéndose en el punto de mira de uno de los socios, no tardó en huir. La reorganización tuvo lugar y en un par de días echaron a más de 10 personas, entre ellas a la que durante todos estos años había sido mi directora, y al Director General. Como se suele decir “muerto el perro se acabó la rabia”, y desde la marcha del “gerente oscuro” muchos de los problemas desaparecieron, pero todavía quedan heridas y mucho “sentimiento de equipo” por rehacer.
Tras la marcha de mi directora y del Director General hubo cambios importantes, uno de los cuales fue el de mi ex-área, cambiando a la Dirección de Tecnología, pasando ahora bajo la gerencia de mi amigo.
Esta es la situación actual, y la realidad es que el Director de Tecnología ha tomado la decisión de vetarme por haber defendido a mi equipo, haber sido fiel a mi jefa y, ante todo, haber actuando siempre por el bien de los clientes y de la compañía.
En fin, así es la vida.
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